Cesar Pelli en Mar del Plata

Cobertura fotográfica de la reunión entre Cesar Pelli y el equipo de Maral para definir los detalles del proyecto Maral Explanada.

Andrés Calamaro

Recital del Salmón. Cobertura de prensa para H. Volpato – NA Producciones

 

CAMILA

Fotografía: Isis Petroni

Maquillaje: Andrea Casariego

Mi viaje a la India. Parte 4: Bikaner y Jaisalmer

Ahora volvamos a “la otra India”. Llegué a Bikaner, todavía me sigo preguntando como pero llegué. Primero, por favor, necesito que alguien me explique como es posible que exista algo tan asqueroso como un templo de las ratas. Fui para ver si lo entendía, pero la verdad, no lo entiendo. Cronometrando el tiempo que pase adentro de ese lugar conté 8 minutos (desde la primera foto hasta que saqué la última desde afuera). No fueron menos porque lo intenté con todas mis fuerzas, pero la verdad es una asquerosidad. Y estar descalzo ahí más! Supongo que después de convivir tanto tiempo con los roedores algo bueno deben haberles visto…. o no se. Yo no se los veo.
Para llegar al templo me tomé un tuc tuc (o rickshaw, les dicen de las 2 maneras) porque aunque quedara lejos no quería vivir de nuevo la adrenalina de ir en auto. Así que me vine en tuc tuc…. 1 hora viajando a 20 pero llegué tranquila.
Los científicos españoles me invitaron a venir con ellos y su conductor asignado medio a la fuerza desde Nawalgarh. Viajar en coche en las rutas indias tampoco es para cualquiera. Es algo así como una montaña rusa constante, con colectivos que vienen contramano a toda velocidad y tocan bocina para que te corras (pero no se corren!!!!). Y yo iba en el asiento de adelanteee!!!! Arriba de ese auto ameritaba ir gritando aaaahhhhhhhhjjjjj todo el tiempo como en un juego de Disney. Yo iba muda, me sentía la mujer bomba. Vuelvo a insistir, estos indios son muy espirituales pero manejando están muy mal de la cabeza! No hay mano y contramano y todo se transforma a necesidad del conductor. Obvio que tampoco se usa el guiño (a veces improvisado sacando la mano por la ventana cuando es sumamente necesario), se pasan a toda velocidad en las curvas y todas las peligrosidades que se imaginen. Las vacas deben ser sagradas por varias razones, pero la principal es que ofician de lomas de burro vivientes: se quedan varadas en el medio de la ruta para que los conductores tengan que bajar la velocidad si o si . Para mi que a los indios les dan el registro en los autitos chocadores de la feria. La ruta en obra estaba llena de carteles que decían “Diversion” (que sería desvio en inglés), pero para mi no era nada divertido. Llega un momento en que uno se tiene que enojar, o por lo menos parecer enojada. Sobre todo si en lo que va del camino el chofer ya se chocó a un perro y casi se la da de frente con dos micros. Le digo “Tanquilo. Quiero Llegar” (Take it easy, I want to get there) y se lo digo con mi mejor cara de orto (y los que me conocen saben que esa cara puede llegar a ser muy intensa). Y así es, como 2 horas después, llegamos.

Que buena onda! el dueño del hotel de Bikaner me trajo en su jeep a la estación de tren. Hay una cola como de 20 personas para sacar pasaje pero… tengo trato especial, por mujer y por turista. Al comprar mi ticket en una ventanilla vacía al lado de la cola, al instante se avalanza la mitad de esa cola, plata en mano sobre mi ventanilla salvadora.
Ahora si que puedo decir que me subí a un TREN INDIO… Y ya estoy en el baile! Este tren no es mejor que el Mar del Plata – Buenos Aires… aunque la verdad es que hace mucho que no viajo en ese tren, quien sabe… Lo que si les puedo decir es que este tren no tiene clases. Es para todos lo mismo. Un indio de barba espesa y blanca me mira desde el asiento de al lado. Se que están hablando de mi con el de enfrente, pero no entiendo un carajo. Me limito a sonreirles, digan lo que digan. Dejan de hablar de mi y empieza una charla acerca del celular y la batería que a uno se ve que no le funciona bien… o eso es lo q yo creo. Este tren no es para turistas.
En este tren la película va con sonido real… chucuchucuchucuchucu y la bocina constante del tren de fondo. Me faltaría ver el humito por arriba del tren y estamos, pero soy capaz de imaginarmelo 
Estamos en Malhar??? Se sube una mujer con su familia y se da vuelta para preguntarme algo que termina en Jaisalmer (la ciudad a la que voy). Como me imagino que me pregunto si voy para allá le contesto que si y le sonrio. Le dice algo a su marido bigotudo y deja de prestarme atención.
Cada vez que alguien de nuestro vagón se baja del tren me saluda, con la mano y meneando la cabeza. Los indios en señal de aprobación, buena onda o simplemente para decir que si menean la cabeza como diciendo no! pero distinto… Como las cabecitas de los perritos que algunos taxistas tienen en sus guanteras. Es como haciendo mas o menos con la cabeza.
Ahora si, al que se le ocurra desacreditarme la foto del celular lo desafio a sacar su cámara en Constitución (Cp. Fd.) y después me cuentan. Besos!

Jaisalmer parece salido de una novela histórica. Está en pleno desierto y todo está cubierto de polvo, incluso en las tiendas que venden recuerdos a los turistas. Parece como si nada hubiera sido tocado en mucho tiempo. El pueblo es famoso por su fuerte, que es una especie de mini ciudad de callecitas enrevesadas que suben y bajan. Es medieval pero oriental, mágico y tranquilo. Aparte como hace muchísimo calor y es temporada baja, todos los vendedores están cansados y no quieren practicar ese horrendo deporte del regateo y te tiran el precio más bajo de una. Me viene como anillo al dedo, hasta me compré un candado alucinante todo decorado (y bien pesado para la valija). Me dejo perder y una nena me ubica en mi camino llevándome por un atajo, que va por dentro de la casa de otros! me muero de risa cuando el dueño de casa, que estaba afuera me mira como diciendo “de donde saliste?”.
Jaisalmer también es famosa por sus safaris al desierto, y aunque pensaba no hacerlo (ya que andar en camello no me gusta mucho) me convencieron y me voy a descubrir los tesoros que hay entre la arena. Me toca compartir la excursión con un francés. Me encanta como los franceses dicen “magnifique” cada vez que algo les gusta, le dan un tono glamoroso a todo.
Nos pasan a buscar en jeep y vamos escuchando la radio camino al desierto. La música estaba buena. No era ese tilintilin que me quemaba la cabeza en los buses y las estaciones de tren cual cumbia villera. Nono, esta música era más elaborada, con una linda voz y tambores. Le pregunto al conductor y me dice “es la música de la película Askitu”. No se si se escribía así porque cuando le pedí si me escribía el nombre en mi cuaderno resulta que no había ido a la escuela. Me dio pena haberle pedido que lo escribiera pero no me lo imaginé. Muy canchero me quiso pasar la canción por el bluetooth del teléfono, pero no se pudo así que veremos si después San Google me ayuda a descifrar el misterio de Askitu. Pasamos por un par de ruinas en el desierto y llegamos al medio de la nada donde nos esperaban dos camellos. Vamos despacio, moviéndonos de un lado al otro. Al mediodía paramos a almorzar bajo la sombra de un árbol. Comemos escuchando las campanitas de las cabras que se nos acercan pidiendo comida y gritando con sus ojos saltones, los cuervos sobrevolando y la arena por todos lados. Hola hola coca cola, mira mira casimira… son las únicas palabras en castellano que saben estos muchachos. Pasamos por una aldea olvidable, totalmente afectada por los efectos negativos del turismo y vemos el atardecer entre las dunas para ir a cenar luego a un lugar donde aparentemente va a haber un show musical. La verdad no se como se me ocurrió querer ir a un show de música del Rajasthán. Primero imaginen el sonido máximo que puedan escuchar sus oídos… y después multipliquenlo por tres. Es demasiado intenso! me paro del lugar en el que estoy y voy a la otra punta, atrás de los parlantes. Se me acerca el dueño del lugar y me pregunta porque me levanté. Le digo que porque está demasiado alto. Me mira como a una marciana y me dice “Indians like it loud”. Bueno, pero a mi no.
A veces que lo que te den no sea lo que esperabas no siempre significa que te hayan engañado. Muchas veces es lo mejor que el otro podía darte. Este parece ser el caso. India te enseña cosas todo el tiempo, cosas que seguramente escuchaste o leíste antes, pero que sólo terminas de comprender cuando algo te hace clic en una parte remota del cerebro. Y ahí te cambia el panorama. No te podes enojar con alguien por ser un no-vos. Sería muy egocéntrico. Y sería muy tonto enojarse con un indio por no ver las cosas como un argentino.
Igualmente en el desierto la pasé bien. Creo que ya tuve suficientes experiencias con camellos así que ya lo podemos sacar de la lista pero me divertí!
No me acuerdo su nombre… es muy difícil entender y retener los nombres indios, pero este muchacho de la foto hizo que la pasara bien. En nuestras charlas por el desierto me preguntó miles de cosas entre las cuales quería que le cuente como era la “village” donde yo vivía. Mi intento de explicación no resultó muy bien… Cómo explicarle a un camellero indio, que también era analfabeto y que nunca salió del desierto que cosa es “la ciudad feliz”.
Mientras pensaba que decirle saca un cuaderno donde me muestra como lleva el control de su trabajo. No sabía leer ni escribir pero sí sabía los números… y eso era todo lo que había en su cuaderno. Números por todos lados! Un cuaderno sólo comprensible para su dueño. Estuve flojísima en no sacarle una foto al cuaderno, pero me desencajó la situación. En la última página tenía los números de teléfono de sus amigos camelleros. Mi pregunta obvia fue, como sabes cual es el número de cada uno? A lo que me contestó que no sabía leer pero que tenía muy buena memoria, y se acordaba el orden en que sus amigos le dieron sus teléfonos. Este es de mi amigo tal y este de mi amigo cual… evidentemente a él su sistema le funcionaba bárbaro. Y evidentemente todos tenemos diferentes sistemas y diferentes formas de ver los sistemas de los demás.

MI VIAJE A LA INDIA. TERCERA PARTE: NAWALGARH Y LA REGIÓN DE SHEKAWATI

Y después de Jaipur llega mi primer viaje en bus. Me voy hacia Nawalgargh en un micro lleno de Indios cuyo aire acondicionado es nada más y nada menos que la ventanilla abierta de par en par. Yo sentada. Gente en el pasillo. Gente en el techo. Está de más aclarar que soy la única que “no es de acá”. Voy mirando por la ventana el campo que pasa a toda velocidad. El paisaje va cambiando, vamos dejando la basura atrás y mi cara se va llenando de polvo mientras siente el viento. Esto es la felicidad plena. Alguien me avisa que llegué. Soy la única que se baja acá… y no hay estación de bus! Me bajo como puedo del micro en una rotonda. Y ahora? a lo lejos veo un par de Rickshaw. Estoy feliz! este lugar es lindo y la gente muy amigable. Lo más parecido que conozco sería el norte argentino. Quedaron atrás los acosos y me siento cómoda en este pueblito perdido de la región de Shekhawati. La habitación en la que me hospedo es una obra de arte, llena de pinturas en sus paredes. No wifi. No Mc Donalds. Nada que se parezca a un restaurant frente a mis ojos. Me veo obligada a entregarme a las manos mágicas de Sarla, la mujer de Rajesh, dueños de la haveli donde estoy parando… y lo bien que hago! Esta mujer cocina como los dioses. Prepara una comida casera exquisita y bien llego me sirve un arroz amarillo fluo con papa, tomate, maní y lima. Yogurt al costado. apenas picante allá a lo lejos. Me voy a dar una vuelta por el pueblo. Esto es!!. Inocencia. India en estado puro. Nadie me pidió una rupia por una foto. Nadie quiso engañarme. Las bocinas ya no se escuchan. Sólo se usan cuando es necesario. Se escuchan los pájaros y las ardillas, y hasta las pisadas de las lagartijas en la pared. Este es el lugar por donde uno debería empezar la recorrida por India… Nawalgarh y sobre todo este pequeño hotel de 8 habitaciones, son un pequeño oasis en medio del desierto, en medio de mi viaje. Este lugar me tiene incomunicada y feliz. Es real. Será que por acá no vienen muchos turistas. Decidí quedarme al menos 3 dias.

Nawalgarh, segundo día. Mientras desayuno escucho un grupo de personas que pasan entonando algo parecido a una canción, como si fueran soldados marchando al son de una melodía. Nada para comprar, mucho para ver, empiezo el día con una sonrisa gigante sentada en el asiento del acompañante del auto de Rajesh. Acá me anime a todo. Probar el té chai (antes no lo había hecho por su dudosa procedencia), comer en la calle (en un lugar con dudosa posibilidad de habilitación en cualquier parte del mundo) y tomar agua que no fuera embotellada. No crean que estoy desafiando al destino, simplemente no me quedo otra! El té chai es muy distinto a la versión occidental que había probado. En India el té chai SIEMPRE lleva leche. Y es riquísimo! Mientras veo pasar 80 millones de fotos por segundo Rajesh va en silencio. Su silencio me gusta, no me resulta incómodo. Estoy en mi mundo indio. Y ahora si lo estoy disfrutando sin ningún miedo. Recorrimos los pueblitos de la zona y el campo. Tan chiquito, tan chiquito es este lugar que sólo fuimos 5 turistas en 3 días: una pareja de franceses que se quedaron sólo una noche, una pareja de científicos españoles bastante asustados y yo, que fui usada de referencia ante ambas parejas por el guía de una de las havelis locales (los franceses y los españoles ya conocían a “la argentina” antes de verme). Havelis son antiguas mansiones abandonadas. Los españoles estaban asustados por algo que se ve que le pasa a muchos al llegar a la India. En Delhi, y en todos los sucesivos destinos a los que se presenten, les van a ofrecer un servicio de taxi para recorrer la región del Rajasthán. Les van a meter todo tipo de excusas y van a tratar de convencerlos y asustarlos diciendo que recorrer esta zona es peligroso, que no se consiguen tickets para el tren, que los buses no se cuanto. Por favor no caigan. Yo no caí pero vi caer a varios y mi camino recién empieza. Por suerte mi cabezadurez me sirvió una vez en la vida!

En Nawalgarh aparte de relajarme aprendí muchas cosas. Una de las cosas es que los dioses también descansan. Aparentemente esta es la época del año en que lo hacen, y sobre todo a la hora de la siesta: “Los dioses están durmiendo”, me dice un hindú en la puerta del templo.

También aprendí los colores: Pila es amarillo, Jara es verde y Lal es rojo. Thulsi es una planta sagrada y medicinal que está en un recipiente en todos los templos y cuando van a rezar después de tocar la campana (para avisarle al dios en cuestión acá estoy!!) agarran un pedacito y la comen. También te ofrecen, pero yo no me voy a comer un pedacito de hoja que tiene las huellas digitales de otra persona… o por lo menos, no en este viaje. Estoy hablando de los templos hindúes, los musulmanes en este momento están muy ocupados con el Ramadán. Las religiones conviven, sin conflictos, aunque se puede ver las diferentes personalidades a nivel general con respecto a las diferentes creencias.

También me está quedando claro que esa sensación de que alguien me cuida y me protege es algo más que sólo una sensación. En un pueblo como este aparentemente es común que los demás te señalen el camino de vuelta si te perdés (como me pasó), sin pedirlo y aunque no nos entendamos una palabra. Nadie te entiende pero todos te entienden. Otra cosa evidente es que hay formas de comunicarse que exceden el lenguaje (y ya lo sabía, pero lo estoy viviendo día a día intensamente). En India tener las antenas paradas y ser intuitivo es muy importante. Pude reflexionar acerca del miedo. El miedo no me gusta. Ni en mi, ni en los demás. Sigo viaje todavía más valiente, pero con las antenas bien paradas.